Medir y conocer

Cuando se habla de ciencia quizás a mucha gente se le erice la piel al recordar esas ecuaciones matemáticas, reacciones químicas y nombres impronunciables que durante la adolescencia tuvo que meterse en la memoria a la fuerza, que le quitaron el sueño y que ahora ni recuerda. Es labor de los científicos y divulgadores hacer ver a la población la realidad al respecto. Los procesos industriales, que se apoyan en esas reacciones químicas y en el lenguaje matemático, y que usan esas palabras que resultan tan poco familiares, nos permiten vivir el doble y mucho más cómodos que hace 100 años. Aun así no faltan momentos en los que se habla de los errores y limitaciones de la ciencia; efectivamente los tiene, pero más en su sociología académica que en su filosofía, ¿qué limitación puede tener un método que continuamente se pone a prueba a sí mismo tanto si se equivoca como si no? Simplemente las limitaciones que imponga el mundo real.

Al fin y al cabo, todos esos números, ecuaciones y palabras no son la ciencia, sino las herramientas que utiliza ésta para explicar la realidad y resolver problemas en ella. ¿Son tan necesarias las matemáticas? Por supuesto, de hecho, si revisamos un libro de ciencias naturales de secundaria, leeremos que ‘cambio’ es <<todo aquello que se puede medir>>. Puede que a alguien le resulte conflictiva esa definición, pero es de lo más intuitivo. ¿Somos capaces de imaginar algo que no se pueda medir? Si percibimos algo, lo que sea, es porque algo ha cambiado, algo estaba de una manera y ahora está de otra, por lo tanto estamos midiendo.

Precisamente, cuando entramos en una discusión sobre algún tema religioso, espiritual, pseudocientífico o emocional, tarde o temprano aparece la frase <<pero la ciencia no puede medirlo todo>>. Es verdad hasta cierto punto que eso es una limitación metodológica o, si queremos, instrumental. Para no entrar aun en conflictos ideológicos y de fe, pongamos como ejemplo las emociones. Podemos entender que la ciencia es útil para establecer unos principios físicos y químicos con base en los que se construirán cosas (una casa, un coche, un medicamento o un entorno habitable para un animal), pero parece que desconfiamos de ella para explicar lo que queremos a alguien y qué rechazo nos producen determinadas situaciones.

Es habitual oír que el amor no se puede medir. Si aceptamos que eso es cierto, también deberíamos asumir que tampoco se puede medir, por ejemplo, lo que he caminado de casa al trabajo. Si tratamos de medir esto segundo, los métodos son varios: cuánta distancia he recorrido, cuántas calles he cruzado, cuánto tiempo he tardado, cuántos coches he visto por el camino, cuánta energía he consumido en la caminata, etc. Todo eso son medidas que puedo tomar para explicar lo que he caminado de casa al trabajo, pero no lo estoy midiendo como tal. Cuando en ciencia se pretende investigar algo, hay que establecer cuáles son las variables que caracterizan aquello que queremos conocer. Esas variables son aproximaciones a nuestro objetivo de estudio y deben poder medirse.

De igual forma, no podemos medir una emoción, pero sí podemos medir características de la misma. En este caso, podemos estudiar los cambios fisiológicos que se producen en una persona ante una situación, podemos hacerle una resonancia magnética funcional y ver qué áreas de su cerebro se activan y con qué intensidad, podemos analizar los cambios de su expresión facial y su comportamiento e incluso podemos pasarle un cuestionario en el que describa sus sentimientos. Esto nos lleva a darnos cuenta de qué está ocurriendo con esa persona en un estado emocional dado; además, la tecnología nos permite tomar medidas que antes no podíamos… y confiamos en que cada vez podremos tomar más. Habrá quien diga que no estamos midiendo sus emociones, sino solamente las cosas que ocurren cuando las tiene… igual que tampoco yo estaba midiendo lo que camino de casa al trabajo, sino solo las cosas que ocurren cuando lo hago.

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